NO HAY LUGAR ALGUNO EN EL TERRITORIO NACIONAL,
EN DONDE NO EXISTA LA HUELLA BIENHECHORA DE LOS EGRESADOS
POLITECNICOS
NARRADO POR SU HIJO CESAR OCTAVIO LUQUE ROBLES

MIGUEL VERDUGO ... EL GUICO
Miguel Verdugo, y mi Papa viajaron a Sonora, a la casa de la familia Verdugo en donde el Papa de Miguel las regalo
un coche viejo porque eran “estudiantos”, habían ido en tren y camión y se regresaban al politécnico en un flamante
automóvil, en pleno desierto se poncho una llanta, y se tardaron dos días en desmontarla, (con todo y rin,) llevarla
a reparar y montarla de nuevo, como se barrio la rosca del rin tuvieron que asegurarlo con una cuña, y un marro,
que termino enchuecando el eje deL coche, desde entonces el cochecito adquirió su nombre por el peculiar movimiento
que hacia al andar, casi un mes tardaron en regresar a la ciudad de México y muchos años les duro el coche ese coche
se llamo “el tongolele”.

“Mijito” (Cesar Luque) y “el Guico” (Miguel Verdugo) Vivieron juntos en un departamento cerca del casco de santo Tomas,
y después de vender al tongolele, compraron un fiat “topolino” que cuando se descomponía, lo cargaban entre los dos,
lo subían al departamento, y en una noche desarmaban el motor, le cambiaban los anillos para el dia siguiente bajarlo
por la mañana y salir a trabajar.
Sus juegos incluían golpes y “tosquedades” que muy a menudo Estelita o mi Mama
tenían que curar con un bistec y hielo. Pero durante muchos años se quisieron, se visitaron y se respetaron mutuamente,
en lo personal sirva este como un tributo al “Guico” y a la verdadera y duradera amistad que supo entender y compartir
con mi Papa.
Reciban un abrazo.
Cesar Luque.